
El fundador
Soy Cristian Villamil, y armé La Forja.
Durante años me fue bien por fuera y no tenía a quién decirle lo de adentro. Tenía con quién tomarme una cerveza, pero no con quién hablar de lo que de verdad me estaba pasando. Me acostumbré a contestar "todo bien" sin pensarlo.
Salía con tres mujeres a la vez. Sentía que amaba a las tres. Cuando se empezaron a enterar entre ellas, en vez de parar, busqué más. Toqué fondo. Entré a terapia, y me quedé cuatro años. Ahí encontré una herida de abandono, de no sentirme elegido, que llevaba años tapando con mujeres. En una época estudié seducción, hasta psicología oscura. Funcionaba, pero me dejaba cada vez más vacío. Un día entendí que eso no era hombría. Solo se le parecía.
"La mayoría de la gente le teme al sufrimiento. Pero el sufrimiento es una especie de barro que ayuda a crecer la flor de loto de la felicidad. No puede haber flor de loto sin el barro."
Terminé en círculos de hombres, al principio como el que llegaba callado y con los brazos cruzados. Lo que se destrabó ahí no lo había sentido en otro lado, y quise aprender a sostenerlo para otros. Me tomó tiempo y trabajo propio: retiros de Vipassana, días enteros en silencio y en ayuno, meditación, el Eneagrama para entender de qué estaba hecho. Y el Leadership Training 1 de Sacred Sons, un entrenamiento para facilitar círculos de hombres. Nada de eso me volvió terapeuta, y no quiero que me confundas con uno. Me dio otra cosa: saber sentarme al lado de un hombre que la está pasando mal sin apurarlo y sin salir a arreglarlo.
Armé La Forja porque lo que a mí me destrabó no lo encontré solo. Lo encontré sentado al lado de otros hombres. Llevo más de dos años acompañando a personas en sus procesos internos, y en Fusagasugá no había un lugar así, con fecha fija, al que un hombre pudiera llegar sin justificar por qué. Ahora lo hay. Si algo de esto te sonó de cerca, nos vemos junto al fuego.
Soy
No soy